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El Clave bien temperado

Parte 3. Conciertos de Brandenburgo. 1


Últimos compases del adagio
—Concierto número 1 de Brandenburgo—

El frío ha desnudado la arboleda,
los troncos aún dormitan soñando lejanas primaveras,
y una rapaz se cierne a grupas del viento buscando un sueño.
Mi espíritu, guarida del invierno, resucita melodías que ocultan sufrimientos de entraña sin piel,
carne resquebrajada en gutural bramido.

A pesar de la orquesta que lo envuelve, los últimos compases del adagio,
como notas de oboe en sangre,
cubren la madrugada con alaridos sin arpegio, desgarro de la nada…
Como un ave rapaz hambrienta, se desmoronan en picado y gimen y lloran…
Angustiadas corcheas despedazan la tierra
donde moran sus párpados, lienzos del primer beso,
donde moran sus manos, cuencos de caricias,
donde mora su pecho, cofre de vida…
Los gritos, como dedos de barro y piel, buscan el último suspiro que exhaló su alma antes del viaje
hacia esos territorios siderales, sin brújula y sin tiempo, perdidos en el cosmos…

Las notas acuchillan la carne del aire,
como un ave rapaz hambrienta, se desmoronan en picado y gimen y lloran…
y también me disparan al corazón de mis entrañas
con un apocalíptico engranaje en disonancia
y estremecen vacíos de la muerte como hemorragia de miedo.
Racimo de segundos sin luz: sima de vértigo o abismo sin eco.
Estas notas, alcázar donde refugio mi gemido, explicación exacta de mi grito,
compases que dibujan mi vacío, notas desesperadas excavando la tierra donde yace,
buscan la exhalación de su alma antes del viaje
hacia esos territorios siderales, sin brújula y sin tiempo, perdidos en el cosmos…

Parte 3. Conciertos de Brandenburgo. 2


El reflejo de jaspe de tus ojos
—Concierto número 2 de Brandenburgo—

Me envuelven las sonrisas infantiles,
quizá pálidas muecas de humo,
pero aún está muy lejos su ademán
del latido que guarda tu hermosa melodía.
Tu discurso se alarga como sombra de ocaso,
se adensa como harina de pan con levadura.
Pero nuestras gargantas, como aprendices de ángel,
se quedan con la piel, no gozan con la pulpa de su cauce.
La espesura del tiempo calla, apaga tu voz
o la esconde en el filo de la hierba.
No estás aquí, de pronto te has huido.
*
La languidez preside nuestros pasos, como un interrogante
la tiniebla se cuelga de los ojos,
aunque no es tan espesa como ayer.
Ya nos hemos perdido, doblando encrucijadas de una duda.
El horizonte es llanto, un llanto doloroso y roto,
lágrimas cuarteándose por esa ausencia muda inexplicable.
Azorados, buscamos tus huellas, el eco de tu paso.
Las criaturas contemplan nuestros rostros,
nos preguntan ¿a quién buscáis?, ¿adónde vais tan presto?
*
Amanece, y el jaspe de tus ojos de pronto nos sonríe…
A quienes tanto quiero,
grito, empujo y conduzco ante tu manto.
Tal es nuestra alegría con tu encuentro,
que no sólo los niños bailamos y saltamos.
El gozo es alabanza y canto, himno feliz, feliz poema.
Emprenderemos juntos el camino,
competiremos en veloz carrera
por alcanzar tu acogedor regazo.
Tu voz acunará nuestro aliento disperso
uniéndolo en abrazo sin orillas.

Parte 3. Conciertos de Brandenburgo. 3


Terrible cuchillada…
—Concierto número 3 de Brandenburgo. Andante—

Terrible cuchillada que desgarra el corazón dormido
Brutal golpe, fiera puñalada,
mas no mortal, mas no definitiva…
La mirada será, a partir de este segundo, más oscura.
Respirar será como una estocada.
Contemplar el próximo futuro será
difuminar de melancolía el horizonte,
pintar de duelo el fondo de cada sueño
extender cataratas de grisalla
entre el espíritu y el sol radiante.

Parte 3. Conciertos de Brandenburgo. 4


Crepita el fuego de la noche…
—Concierto de Brandenburgo número 4. Estampa—

Crepita el fuego de la noche en el hogar. Los padres siembran susurros, hojas de árboles en la foresta. De su boca renace a la vida, como un milagro cotidiano, la realidad, el exterior, la lucha. Los hijos, aún pequeños, tan inocentes como lirios, escuchan del dolor y de la guerra, de la muerte y de los sufrimientos; y también escuchan del amor y de la entrega, de la amistad y del odio, de la mentira y de la vida nueva; de toda la belleza del planeta y de toda la amargura del planeta; de los días felices, transparentes y de los días tristes, mortecinos… Crepita el fuego de la noche en el hogar…
Pero un día, como un terremoto traidor, esas llamas que ondeaban e iluminaban las noches reducen a sueño las palabras, a humo que huye a través de la madrugada sin estrellas… El eco de un latido adivina, intuye que las palabras no son la vida, sino sus espejos sin azogue. Fue inútil la palabra amante, afable, como es inútil la sonrisa vacua. Fue necesario el silencio; fue preciso el dolor; fue inevitable la angustia; fue inexorable enjugar el rostro de los hijos. Sólo cuando las lágrimas se caen y ruedan y se desbordan hacia el río de la vida, la reflexión que causa la herida sirve, abono en tierra regada tras las lluvias.
Crepita, de nuevo, el fuego de la noche en el hogar. De nuevo, la charla amable, vuelta a la luz que ondea e ilumina una estancia revestida de latidos y sonrisas; la oscuridad de la herida hedionda no volverá a colarse en nuestra vida. Hemos aprendido pronto. Pero tampoco volverán los tiempos rotos, ya olvidados, de la inocencia.
Ya no es un coro acompasado, voces infantiles que cantan nuestro tema, sino solistas con voz propia, clara. A veces, mi discurso es el de ayer, mientras que su himno es himno enérgico de hoy. Y sólo cuando escucho el nuevo tema en sus gargantas jóvenes, potentes, vuelvo a la vida y abandono el sueño del pasado incierto. Miro impotente y feliz el paso que me marcan, intento suavizar el ritmo presto, pero al final su compás me doblega… Mientras, crepita el fuego de la noche en el hogar, llamas que ondean e iluminan las tinieblas.

Parte 3. Conciertos de Brandenburgo. 5


Donde el dolor de la vida es recuerdo
—Concierto de Brandenburgo número 5—

Tres almas, vuelo azul, acarician las estrellas…
Pero tu trazo, amada, acaso herido por el tiempo,
baja, se cae, se desploma…
Tu voz recuerda un llanto sin voz,
una estrella sin luz, una flor sin aroma.
Escuchemos, amada, su voz, fuente de agua viva,
dejemos que su acento nos envuelva,
que su historia nos salve, nos conforte,
y que sus fuertes alas nos eleven a alturas siderales
donde tanto dolor, será sólo recuerdo.
Más tarde nuestras almas surcarán los espacios,
descubrirán que el tiempo es sólo nuestro.
Ya nada será todo oscuro, ya nada será todo claro,
como si aquella sombra del ayer, hoy fuera ciego lastre
que nos impide alzar el vuelo a su presencia.
Ven, contempla su imagen,
ven y bebe del agua de su canto,
ven y olvida ya el peso de tu sombra.
¿Por qué aún escucho tus lamentos,
velo de nubes, velo de trincheras
si su mirada te acaricia?
Al fin tanto gemido suena a cicatriz muerta.
Crece la calma, avanza la fragancia como viento sin aristas,
rociándonos como agua sin grietas.
Me alivia que tu llanto huya hacia el olvido,
oigo otra vez tus risas floreciendo
desde el pasado escrito en cada amanecida.
Quizá no sea todo euforia,
quizá no sea todo ilusión sin freno, pero ya es esperanza.
Eso me basta, amada, eso me sirve,
y doy por bueno el vuelo a estas alturas.

Parte 3. Conciertos de Brandenburgo. 6


Al acunarte, te susurro aquella nana
—Concierto de Brandenburgo número 6. Adagio ma no tanto—

Acaricio una flor, al mecerte en mis brazos,
mientras contemplo cómo llega,
despacio, lento, el sueño a tus pupilas,
tal que vuelo de ocaso.
Al acunarte canto,
te susurro la nana que te invento
como un poema diario…
Todo es posible, pero asusta tanto,
no vayas a romperte entre mis dedos,
un pétalo de lirio, que agrietan los aullidos
de mil lobos voraces.
Suena la melodía de mi nana
caricia de las orlas de la noche.
Se adhieren a sus notas los sudores
de las fatigas de los días,
aunque cualquier sonrisa de la luna
sirve para alejar preocupaciones,
pues en tus ojos nuevos ríela ágil su brillo…

Parte 4. Conciertos para violín


¿Por qué saliste huyendo de mi orilla?
—Conciertos para violín—

Cuajado de rubíes y amatistas,
languidece el ocaso de esta tarde:
instante reflexivo,
quietud del cosmos que palpita.
Se ciernen los segundos sobre el quicio de un lirio,
se licua cual sonrisa tenue,
empapada de zumo de granada,
anhelando anudarse al cuerpo del amado:
ser parte del ser,
ser fusión de volcán y de caricias,
ser explosión del ansia vertical.
Mas la mirada turbia del amante
anuncia la agonía de la noche:
la pesadilla atroz del abandono.
¿Por qué saliste huyendo de mi orilla?
¿Por qué tu negra ausencia me persigue?
¿No ves mis lágrimas perdidas?
¿Es que es posible esta estocada, Amado?
Miro a la noche sin fanales y no veo sino
tu ausencia, amor, de mi costado.
Anhelo, busco, lloro, grito, ansío,
que tu presencia, Amado, me ilumine
y por respuesta nada, nadie… ausencia sólo…,
sólo el silencio infinito de la noche.
En la espesura busco tu mirada
o su recuerdo o el eco de tus ojos;
pero la densa sombra engulle mis deseos,
me devuelve un vacío o un abismo.
Anhelo el fuego de tu iris,
tu caricia de llama en mi deseo.
Te persigo sin brújula buscando aquellas huellas
por ver si encuentro, al menos, tu recuerdo.
Como un intenso beso de tus labios,
se acerca la dama del oriente,
sus pasos como cantos alegres de tu boca;
mi mente enceguecida, encarcelada
no entiende el elevado alcance de tal vuelo,
la nueva que me acercan tus fieles mensajeros.
Entiendo vuestras voces, comprendo las palabras,
pero aún es de noche en mi cerebro
y un muro de saberes que no importa
esconde el manantial de vuestra risa
e impide que se sane este dolor
y evita que la luz me inunde…
Ya amanece, ya albea, en mis labios tus besos,
desgarran este velo que me oprime.
Arranco, corro, vuelo, ya soy viento
tras el Amado, en pos de su latido.
Y se abren los senderos detrás de las canciones,
sé que está a vuestro lado, estoy seguro…
Arranco, corro, vuelo, ya soy viento
de vuestros corazones
pues ya soy un pedazo de la orla de la brisa
tras el Amado, en pos de su latido.

Parte 5. El clave bien Temperado. Libro I. 1


Una cima del monte
—El clave bien Temperado. Libro I—

Una cima del monte acaricia las orlas de las nubes,
sus ojos espejean en la laguna de aguas frías.
Una cima del monte me acaricia.
El aire es una estatua sin perfil,
y las piedras contemplan su carne en el azogue sin aliento.
La mañana es campana de cristal,
cimentada en sillares y en silencio,
se eleva hasta las bóvedas sobre notas de diamantes,
y ondea entre las vigas de armonía.
Una cima del monte me acaricia.
Aquí, el brillo de nieve, su latido de espejos,
restablece mi espíritu, vacía el ser de sus dolencias.
Percibo que me fundo en sus entrañas,
me hago uno en su unidad eterna,
soy nota de silencio, buceador de sus secretos.
Una cima del monte me acaricia.
Me llaga los latidos el frenesí de la ciudad,
y el corazón se aturde sobre la pulpa del hastío
mientras busca la paz con la avidez de un niño.
Regresaré mis ojos agrietados por la suciedad hacia mi venero,
entrañaré la luz de estrellas rebrincando entre sus dedos,
busco esa luz oculta y temblorosa.
Cierro los ojos, miedo de mi abismo.
Necesito un silencio que me engulla
en ritmos detenidos casi,
para encontrar el pulso de mi entraña.
Una cima del monte me acaricia.

Parte 5. El clave bien Temperado. Libro I. 2


No vago solitario
—El clave bien Temperado. Libro I—

No vago solitario por la vida, más pasos se acompasan a los míos. De entre todas las huellas que se marcan junto a mi señal torpe y solitaria, he percibido un muelle roce, que me seduce como el polen embriaga a la abeja. El paseo dorado en este bosque es hermoso si no respiro solo. El abrazo, después, será definitivo en el amor sin pausa.

Parte 5. El clave bien Temperado. Libro I. 3


Acuarela
—El clave bien Temperado. Libro I—

La risa del arroyo que desciende…
Los trinos de las aves de colores…
Mi venero latiendo en el Amado.
La dicha de tus ojos
iluminando el lento discurrir de la mañana.
El viaje de las nubes en el cielo,
huyendo hacia el invierno.
Sonidos que me elevan al futuro,
risas, cristal sonoro,
el alma que se esponja en tu caricia.
Oigo tu voz cantando maravillas,
y mi corazón brinca y se alboroza.
Nunca te olvides: hoy somos felices.
Si la vida nos daña con su uña de felino,
si algún túnel sin luz nos aplasta y nos confunde,
no hemos de preocuparnos
nuestros latidos marchan al compás,
el cimiento es inmóvil.
Que el mundo entero sepa nuestra dicha,
y el universo aplauda, grite, ría,
que un sideral temblor
atraviese sus vértebras azules,
que aplaudan las estrellas nuestros besos…

Parte 5. El clave bien Temperado. Libro I. 4


Salmo
—El clave bien Temperado. Libro I—

Señor, desbórdame con tu mirada.
Señor, abrázame con la caricia de tu luz tensa.
Abandonado e inerme, exangüe y derrotado;
inhalo los aromas de los albañales de la vida,
habito en medio de mi culpa,
como un roedor habita su cloaca.
Sin embargo sé que me amas,
sé que tu latido lavará mi miseria,
como los dedos de una madre acarician la fiebre de sus hijos.
Noto los pasos de tu ausencia y tengo miedo,
como si una nube de turbación
rompiera mis arterias.
No me dejes, mi voz es un clamor,
escucha el grito envuelto en plomo de mis dedos.
Una súplica por tu vuelta pronta
se desliza por el quicio de los labios de arena y sal.
Anhelo contemplar el oasis de tu risa,
anhelo sentir el fuego de tus besos,
anhelo ser desbordado, Señor, por tu mirada.

Parte 5. El clave bien Temperado. Libro I. 5


La oscuridad no es el final
—El clave bien Temperado. Libro I—

Que felices, los hombres canten,
pues detrás de la lágrima aparece
la luz de la alborada, sonrisa seductora.
Porque la oscuridad no es el final.
Aunque nuestras entrañas no lo vean,
la luz todo lo invade de ternura…
Llegas al fondo de mi corazón,
tus ojos, cirujanos de mis latidos,
restañan mi dolor
y no sé detener la fuerza
del torrente que a ti me arrastra.
La dicha del estío me conquista,
pues su llama y su luz
son fiel trasunto de tu esencia.

Parte 5. El clave bien Temperado. Libro I. 6


Aunque esté solo, sé que estás conmigo
—El clave bien Temperado. Libro I—

Enemigos, sedientos de mi felicidad,
persiguen el suspiro de mi sombra
que se ha lanzado en pos de tu sendero,
perros resquebrajando el alba con su aullido.
Mi corazón, antílope asustado,
se abalanza, se fuga sin pupilas.
El poder de tu brazo me consuela;
ni me importa la bruma de la tarde,
ni la lluvia cayendo por mi rostro:
sé que no estoy perdido ni estoy solo,
sé que cuento contigo:
las palmas de tus manos me sostienen...
Aunque esté solo, sé que estás conmigo.

Parte 5. El clave bien Temperado. Libro I. 7


Las huellas invisibles de tu esencia
—El clave bien Temperado. Libro I—

Mírame,
quisiera ser un átomo de tu mirada amante,
o fragmento de tu hálito cuando vuela
desde tu boca al cosmos.
La calma de la noche,
su silencio de estrellas temblorosas,
esta quietud, remanso de tus ecos,
son huellas invisibles de tu esencia…
Que tu risa de seda y mar no me abandone,
que sus ecos que flotan y me envuelven,
también me eleven hasta tu mirar.
Quiero que continúe mucho tiempo
¾la eternidad quisiera¾,
este sonido que me inunda
en paz, felicidad, sosiego y calma. 

Parte 5. El clave bien Temperado. Libro I. 8


¿Por qué te huyes tan lejos del latido?
—El clave bien Temperado. Libro I—

El peso de la culpa araña mi alma y la convierte en guiñapo de lágrimas, en pudridero de vísceras, en osario de traiciones. Quiero elevar mis ojos pedregosos, pero estás tan alejado por mi causa, que sólo las lágrimas podrán colocarme más cerca de tu aurora. El silencio, ausencia muda de tu mirada, me oprime la respiración, como si ya fuese inquilino de un mausoleo.
Ten compasión, olvida tanta culpa, tanto olvido, tanto resentimiento, tanta mentira, tanta traición… Te siento lejos, y sin embargo aún te siento. Pasos de hormigas se confunden con temblores de hojas. Es suave la cadencia de la brisa, es suave el ritmo de melancolía de la noche.
¿Dónde te fuiste amado y me dejaste?
¿Por qué te huyes tan lejos de mi latido enlagrimado?
Intuyo el aroma de tu presencia, aunque otros olores me confunden, fragancia de sol y luna, perfume de cordillera y océano, esencia de caricia y beso. La calma de la madrugada como  el cristal de estatuas imposibles, es sueño irrompible de un niño.

Parte 5. El clave bien Temperado. Libro I. 9


Hoy me requieres
—El clave bien Temperado. Libro I—

Esta mañana el sol brilla y ríe
y retumban los ecos de tantas carcajadas
regando los rincones de las calles:
en pleno estío estalla la algazara,
desalojan las sombras su vocerío.
La puerta al corazón está atrancada,
porque temo que llega la muerte,
mas llamas con urgencia,
golpeas sin desmayo, sin pausa, con dulzura.
Sólo ayer eras ido, hoy me requieres.
Y vuelve a galopar mi corazón,
pues sin el tuyo late casi muerto.
Corro veloz la senda iluminada
por tu sombra vestida en luz.

Parte 5. El clave bien Temperado. Libro I. 10


Sueño con el perfil de tu fragancia
—El clave bien Temperado. Libro I—

Sueño cómo acaricio los párpados de espuma de tus ojos,
parecen liquen cálido respirando entre mis dedos.
Sueño cómo enarbolo los brillos de sol de tus cabellos,
parecen hebras cálidas respirando entre mis dedos.
Sueño con el perfil de tu fragancia.
Sueño que estás aquí, junto a mi labio famélico,
de ti, ávido, sediento.
Podría ser un fuego el eco de tu paso,
podría ser tornado la estela de tu son
podría ser tormenta el reverbero de tu caricia.
Quizá la onda expansiva
de esta pasión fulmine mi latido,
o en dos trozos lo parta, que caigan a tus pies,
leves como fragancia de la hierba.

Parte 5. El clave bien Temperado. Libro I. 11


¿Tu sonrisa…?
—El clave bien Temperado. Libro I—

¿Tu sonrisa…?
Tu sonrisa dura un segundo esta tarde,
mas vale el mundo entero,
el cosmos deteniéndose en tus labios.
El horizonte ataviado con nubes como cofres de tesoros
danza el baile de los ocasos.
El aire peina cumbres pedregosas con bucles tenues
de organdí traslúcido que adorna de hilos de plata el sueño,
luz precisa.

Parte 5. El clave bien Temperado. Libro I. 12


Afuera el manantial…
—El clave bien Temperado. Libro I—

La hoja de ámbar cae acunada en brisa, caída reflexiva, figura de mi olvido. Están vacías las habitaciones. Cada rincón recuerda tu ausencia: el eco de mis pasos huecos por el sendero de hielo que conduce a mi melancolía, monstruo hambriento que me acecha, aunque la repudie. Una lágrima se despedaza por el centro del alma, amenaza con hendir la médula del corazón malherido por tu ausencia.
Si atravesara con mis ojos el cristal de los ventanales, contemplaría el manantial que en la paz brota y corre como el murmullo de una sonrisa. Pero mis pupilas hoy son incapaces de este esfuerzo doloroso. Las telarañas azuladas difuminan la luz de su mirada. Hoy no está el cielo gris, hoy no hace frío. Pero no estás conmigo, junto a mí…
Afuera, el manantial de la verdad…

Parte 5. El clave bien Temperado. Libro I. 13


Una punzada de felicidad
—El clave bien Temperado. Libro I—

Una punzada de felicidad me acosa el corazón, tan acostumbrado sólo a la tristeza.
El brillo de contornos precisos de la tarde no enturbia mi horizonte de tinieblas. En lontananza escucho la arribada de los sonidos de una existencia sin fronteras.
Tras los montes nevados una brisa transporta vida nueva, aunque lejana.
Espero que la sorpresa de luz y vida no detenga mi camino. Que esta marcha no cese ahora, pues he de alcanzar la meta columbrada. No importa cuándo, sólo importa cómo.

ORLA

“Su espíritu estaba tan embebido, acaparado por su arte que, a veces yo tenía la sensación de que no nos veía, ni nos oía, como si no existiéramos, aunque nunca dejaba de tratarnos con bondad. Pasaba unos momentos horribles cuando le veía sentado en su sillón, rodeado por mí y por nuestros hijos, entregados a nuestras ocupaciones y sin embargo, presentía que estaba solo por encima de nosotros; junto a nosotros y, no obstante, solo, como abandonado. (…). Los grandes son siempre solitarios, por eso son grandes y están emparentados con el Altísimo.”

(“La pequeña crónica de Ana Magdalena Bach”).